viernes, 17 de marzo de 2017

Nunca dejes de buscar

Busca la magia de las pequeñas cosas, busca la historia escondida de todos los rincones que te rodean, busca los secretos, los besos robados, los abrazos, las lágrimas y las pasiones que te envuelven.
No dejes nunca de buscar, la belleza está en los lugares que nunca hemos visitado, en los besos que no hemos dado, en las palabras que nos quedan por decir, en las sonrisas captadas al vuelo. La belleza es aquello que nunca dejas de buscar, de encontrar en las cosas más pequeñas, en las historias menos pensadas.
Nunca dejes de buscar. Nunca dejes de creer. Nunca dejes de encontrar.

lunes, 20 de febrero de 2017

Barcelona lloraba

Barcelona se alzaba imperiosa, eran poco más de las seis de la mañana, pero la ciudad ya estaba en pleno funcionamiento; los coches circulaban y llenaban de sonido las carreteras, la gente, enfundada en grandes abrigos, propios para el frío de la ciudad de aquel momento, iba dispuesta a empezar su día, camino el trabajo, las escuelas o incluso de vuelta a sus casas después de una noche, caótica, larga y con tintes de alcohol.
El sol se levantaba por encima de los edificios, resplandeciendo, reinando en un día de frío invernal, coloreando el cielo de tonos anaranjados, rosas y violetas.
Mia salió antes de lo habitual a la gran ciudad que la acogía desde hacía años, su segundo hogar, enfundada en su abrigo color burdeos, largo hasta las rodillas, una bufanda negra y un gorro, también negro, que dejaba entrever su cabello rojizo que caía en ondas como si fueran cascadas. Labios rojos, sus grandes ojos verdes marcados en negro y mostraba una expresión triste.
Mia caminó por las grandes calles de Barcelona, con la vista fijada en el suelo, mirando sus botas negras de tacón, que repiqueaban en la acera cada vez que pisaba, su paso era lento, pausado como si no tuviera ganas de llegar a su destino.
No paró de caminar hasta que llegó a aquella carretera, estaba desierta, casi fantasmal, aunque ya era una hora punta de tráfico de coches, por ahí hacía tiempo que pocos vehículos circulaban.
Mia fue con la vista puesta a aquella curva, aquella fatídica curva en la que Carles perdió la vida, hacía justo un año.
Carles era su hermano mayor, con el que se llevaba un año y medio,  y su fiel confesor , siempre habían sido Mia y él contra el mundo. Hasta que aquella noche se fue de casa, tras una gran discusión con su padre, ya que aún no apoyaba la relación que su hijo tenía con Marcos, cogió la moto y fue a su lugar favorito del mundo, en el se sentía en paz pero tenía que pasar aquella curva, aquella carretera que cuando se mojaba el asfalto con la lluvia se volvía una trampa mortal.
Barcelona se apagó aquella noche, unos dicen que fue por la gran tormenta que se produjo, Mia sigue creyendo que fue cuando su hermano murió, que su querida y venerada Barcelona lloró su muerte.
Hoy hacía un año, necesitaba ir al lugar donde el destino, la lluvia y la ira le arrebataron a su hermano. Mia necesitaba ver cómo Barcelona se rendía a sus pies, qué era lo último que vio Carles y necesitaba pensar, sin presiones, sin juicios, en su hermano y en todo lo que había perdido aquella noche.
Dejó una pequeña fotografía que sacó de su gran bolso negro, en el arcén en el que encontraron el cuerpo de Carles,  la fotografía mostraba a Mia y a Carles, sonrientes, el dieciocho cumpleaños de él, en una preciosa playa, su foto favorita.
Mia observó otra vez Barcelona, respiró y volvió sobre sus pasos, con los ojos anhegados en lágrimas. Era la última vez que subía ahí, se lo había prometido. Iba a recordar a Carles como quien recuerda una ciudad en la que ha vivido mucho tiempo, con nostalgia, con amor y con una tremenda admiración hacia su hermano, hacia todos sus momentos juntos, aquellos que iba a guardar de por vida en su corazón.
Aquella noche, Barcelona lloró la muerte de Carles, de ello estaba segura.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Rotos

Creo en los corazones rotos que buscan cobijo en otros para repararse. Pobre infelices, creen que el amor que les dañó ya no volverá y se equivocan, porque un corazón mientras siga latiendo encontrará el amor, el verdadero o el que otra vez les dañe.

Creo en los corazones rotos porque son los más sinceros. Ellos no ocultan sus heridas, sino que muestran sus cicatrices, buscando a alguien que las bese, que las haga menos dolorosas, más hermosas.

Creo en los corazones rotos porque son unos guerreros. Han perdido mil y una batallas en nombre del amor y aunque quieran rendirse no lo hacen porque librarán una batalla más, quizás la definitiva, quizás una nueva derrota que les provocará una herida más.

Creo en los corazones rotos porque se pierden, buscando respuestas a preguntas sin sentido, buscando historias con las que llenarse, buscando copas con las que olvidar o buscando la esencia de su yo que creían haber perdido.

Pero creo en ellos porque siempre vuelven más sabios, más lúcidos, más vivos y más únicos.

Creo en los corazones rotos porque viven. Viven con heridas a carne viva, pero viven, buscando un cobijo, buscándose.

Creo en ellos porque son los corazones más puros del mundo.

Creo en los corazones rotos y creo en la capacidad del amor que tiene para curarlos.

Siempre se librarán mil batallas por amor. Creo en sus perdedores, que crigeos no ven que han ganado convertirse en algo único, un corazón roto.

lunes, 23 de enero de 2017

Las pequeñas cosas

Una mañana más, otra. Pone el pie izquierdo en el suelo y maldice entre dientes porque cree que el día ya empezará mal.

Se mira en el espejo, el reflejo que proporciona es el de una chica pálida, de cabellos castaños, ojos café surcados de ojeras y una delgadez que es producto de sus mismos demonios.

Ha olvidado sonreír, aunque tiene una preciosa sonrisa lleva tiempo que no la muestra, porque no encuentra motivos o como me gusta decirle porque encuentra demasiadas excusas para autocompadecerse, aunque la autocompasión la mata más que todos los cigarrillos que fuma.

Hoy me viene a ver, ataviada en un abrigo y unas botas rojas llama a mi puerta con la máscara de ojos difuminada, como viene a ser de costumbre desde que él se marchara y sus demonios ganaran la batalla.
Hoy vuelve a llorar sobre mi hombro y yo, si os soy sincera, la echaba de menos, hacía semanas que no contestaba a mis llamadas y temía lo peor.

Ella es mi persona, nos conocimos estudiando periodismo, profesión que ha dejado de lado desde su crisis.

La tengo aquí. Me mira e intenta balbucear que siente la situación que ya no puede más que todo se va al traste.

Hoy he decidido que la voy a llevar a mi lugar favorito de toda la ciudad. Quiero que levante la mirada, deje de llorar y se deje transportar por la belleza de las pequeñas cosas.

Y aquí estamos, en el pequeño mirador cubierto de árboles desde donde podemos ver la belleza de la gran ciudad donde vivimos.

Cae el sol. Los colores rojo y naranja pintan el cielo y ella observa, atentamente, como el atardecer embellece la ciudad.

Y después de mucho tiempo, por vez primera la veo sonreír y no sabéis lo feliz que me hace esa sonrisa sincera que ha provocado este atardecer.

Porque lo bello que tiene esta vida son los pequeños momentos. Esa sonrisa y ese atardecer.

Pararía el tiempo por quedarme ahí. Con ella. Como siempre. Juntas.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Hoy vuelvo a empezar


Despedirse, escribir una carta, escribirse una declaración de intenciones. Despedirse, no de nadie, sino despedirse del pasado, de los demonios que no te dejan avanzar, de los monstruos que habitan en tu cabeza y que provocan tus pesadillas.

Escribe una carta. Dedícales esto. Avanza sin ellos, déjalos por el camino. Debes hacerlo.

Empiezo yo, como ejercicio, como terapia, como la única manera de viajar sin ellos. De vivir libre, de amar la vida sin tener miedo de volverme loca por ellos, de dormir en paz, sin pesadillas.

Allí voy.

“No sois queridos, no empezaré así, lo tengo claro.

Me voy a despedir de todo lo malo de mi vida, de mis inseguridades, de mis miedos y sobre todo de vosotros, sí, vosotros.

Sois mis demonios, los que llevan acompañándome desde que todo se fue a pique, producto de mis miedos, mis inseguridades, de mi corazón roto y de la vida de adicciones que llevé en otra vida.

Hoy empiezo a vivir sin teneros dentro, os echo fuera. No quiero vivir acobardada, con miedo de amar, de disfrutar, de ser la persona que realmente quiero ser, libre.

Mi vida empieza hoy. Quiero ser libre, disfrutar de cada minuto sin tener temor a fallar, a romperme, viajar con la seguridad de poder dejar atrás todo lo que me atormentaba, los recuerdos de una vida pasada, él y su manera de dejarme rota, de mis pesadillas.

Hoy me deshago de todo, de vosotros, de ti, de todo, voy a volver a ser una persona nueva, aquella que duerma sin miedos, aquella que escriba sin teneros en mente cada vez que lo haga.

Ya no vais a hacer más daño. Me despido, cierro la puerta tras de mí y no os dejaré entrar más.

Hoy vuelvo a empezar, libre de mis demonios. Hoy vuelvo a vivir.”

lunes, 26 de septiembre de 2016

Retornos


Caminé sin rumbo, otro día más en aquella ciudad, otro día más que no tenía sentido. Las farolas parpadeando, la gente caminando por la calle con la mirada gacha mirando el teléfono móvil, los coches formando atasco, todo, resultaba una maraña de mentiras, nada era lo que parecía en aquella gran y caótica ciudad.
Caminé hasta llegar a lo que denominaba mi hogar, un estudio minúsculo de paredes blancas y con cuatro muebles que compré cuando creía que me iba a asentar ahí de por vida.
Entré en mi habitación y cogí una maleta, la llené con cuatro prendas de ropa, un par de zapatos y varias piezas de ropa interior. Había decidido irme, bien lejos, donde abandonar mi rol que tenía en esta ciudad, y volver a ser yo, volver a ser libre, volver a vivir.
Salí de mi casa a las seis de la mañana, el sol acababa de salir y la ciudad estaba totalmente en silencio.
Llegué al aeropuerto en metro, pasé por los pases de seguridad con paso firme y llegué al avión con fuerza y con la ilusión de volver a esa isla que había sido mi refugio cuando todo se fue a pique. Volvía a la isla rota, otra vez, perdida.

El avión aterrizó a las 8 de la mañana. La isla aún estaba en silencio cuando la volví a pisar tras tres años de abandono.
La primera vez que llegué a ella fue con una mochila y dos mudas, el resto me lo fue enviando mi familia poco a poco, ya que había decidido establecerme allí durante un tiempo, hasta volver a ser yo.
Llegué a ella desesperada, había perdido mi trabajo como periodista, a mis amigas y no me hablaba con mis padres. Había caído en una depresión tras el despido y había empezado a fumar y a beber en exceso.
Fue en una reunión familiar, tras la muerte de mi abuela, cuando mi hermana mayor me lo propuso: volar a la isla que nos había visto crecer, establecerme en la casa de la familia y ponerme a escribir.
Así lo hice. Ahí acabé mi primera novela que envié a la editorial aún emplazada en la isla, y recuperé mi esencia.
Cuando me vi lista volví a la ciudad, dónde acabé en aquel estudio minúsculo, cerca de la editorial y publiqué tres libros más.
Me vi envuelta de una fama que no supe controlar, me enamoré de alguien al que llamaré ÉL y volví a recaer en las fiestas sin fin y en el alcohol en exceso. Parte por mi culpa, parte por la de ÉL.
El día que vi que mi estudio se me caía encima, que la ciudad volvía a carecer de sentido y que ÉL me demostró que solo estaba a mi lado por hacerse un hueco en el mundo del periodismo, fue el día que me miré al espejo y no me reconocí, me echaba de menos, aquella chica pequeña, pelirroja y de ojos azules, bien vestida y con la mirada perdida, no era yo.
Fue en ese momento cuando decidí volver a hacer el viaje que años atrás me había cambiado la manera de mirar el mundo, que me había cambiado la vida.
Llamé a mi hermana, la avisé para que no se asustara si llamaba y no me encontraba en el estudio. Saqué un billete de avión de ida e hice la maleta. El resto fue lo que me ha conducido a esta casa desde donde estoy escribiendo.
Aquella isla había sido el hogar de mi infancia, todos los veranos desde que tenía memoria habían sucedido ahí y fue donde me enamoré por primera vez de la literatura y la escritura, en la biblioteca de la casa familiar.
Aquel retorno tenía sentido, era lo único que cobraba sentido en mi vida desde que caí en aquella espiral de autodestrucción.
Tras los primeros días de acondicionamiento de la casa y de la isla a mi presencia, empecé a escribir, a leer y a dar largos paseos por la playa. Nada me relajaba más que pisar la arena descalza, y en aquellos momentos era lo que más necesitaba, dejar mi vida anterior y empezar una nueva en la isla, volver a ser yo, volver a vivir.
Me dejé ir, fueron meses de total relajación, de escritura y de creatividad profunda, escribí más de lo que había escrito en los dos años en la ciudad, supongo que por eso estáis leyendo esto, sino hubiera retornado a esta isla, no hubiera sido capaz de acabar lo que un día empecé, esta historia, mi historia.
Y mi historia continuó dos meses más en la isla, donde conseguí tener trato con sus vecinas, que al principio me veían como una amenaza. Conseguí un trabajo en una pequeña tienda de ropa y empecé a plantearme quedarme ahí por siempre, trabajar, escribir y vivir en la isla.
Todo dio un vuelco cuando mi hermana llegó de visita sorpresa un día a la isla. Macarena era tres años mayor que yo y éramos uña y carne, todos decían que yo era la de la iniciativa y ella la que me seguía, pero no nos separabámos ni para dormir. Éramos ella y yo contra el mundo.
Por eso me sorprendió que estuviera en la casa cuando volví de trabajar, no me había llamado ni me había escrito, como normalmente hacía cuando quería volar hacia la isla.
Macarena tenía la tez más blanca que yo, pero en aquel momento parecía un fantasma, como si algo se hubiera llevado su alegría vital, su entusiasmo con el que veía el mundo.
Cuando me vio se echó a llorar y fue cuando me lo contó: mi padre estaba gravemente enfermo, no encontraban el motivo de su rápido deterioro, pero casi no podía levantarse de la cama y cada día estaba más delgado. Los médicos no le daban más de dos meses de vida sino encontraban el motivo de ese achaque tan repentino.
Todo volvió a ser oscuro. Hacia más de cinco años que no me hablaba con mis padres, tras el primer episodio de depresión, y su consiguiente ataque de histeria que pasé en unas navidades delante de toda la familia, mis padres consideraron que no era buena presencia para la familia y no me cogían las llamadas ni siquiera cuando mi hermana les anunció la publicación de mi primera novela, vinieron a su correspondiente presentación.
Me sentía abandonada por mis padres, solo tenía contacto con Macarena y Lucas, mi hermano menor que vivía en Estados Unidos, pero la noticia de mi hermana me hizo sentir culpable de todo lo que le sucedía a mi padre. Empecé a creer que todos los males que le ocurrían fueron por mi culpa, por la tristeza de ver a una hija que para poder estar bien consigo misma había de irse a una isla y alejarse de todas las personas que la quieren.
Macarena se estuvo dos días más conmigo en la isla, y fue cuando decidimos que la dejaría otra vez para viajar hacia la ciudad de mis padres y estarme con ellos hasta que mi padre mejorara, o no.
Hice la maleta, me despedí del trabajo y cogí un vuelo, retorno a la ciudad, esta vez con mi hermana.
La primera vez que vi a mi padre después de cinco años, se me cayó el mundo encima, ya no había rastro de aquel hombre fuerte, alto y pelirrojo que me montaba a caballito por la playa de la isla, ni aquel hombre que me sujetó la mano la primera vez que firmé mi contrato en un periódico de nombre conocido.
Ahora era un hombre delgado, consumido y casi calvo, postrado en una cama y sin fuerzas ni siquiera para hablar.
Mi madre, una mujer menuda, rubia y delgada, me recibió con un abrazo receloso, y entre susurros me felicitó por los tres libros que había publicado y por mi creciente mejora.
Los dos meses siguientes en la ciudad, los pasé en casa de mis padres, ayudaba en lo que podía, consultaba con todos los médicos que le visitaban y que no descubrían la enfermedad que estaba matando a mi padre y seguí escribiendo enclaustrada en mi habitación de la infancia, que compartía una vez más con mi hermana Macarena.
Mi padre se apagaba cada día más, hasta que un día durmiendo dejó de respirar.
Fue un golpe muy duro para todos, para mi hermana porque no había podido hacer nada como doctora para descubrir su mal, para mi hermano que no había podido dejar su trabajo en Nueva York para venirse a estar con él, para mi madre porque se le acababa de morir el amor de su vida, con el que llevaba más de 30 años. Para mí el golpe fue el doble de duro, me sentía culpable de su muerte, creía que todo el daño que le hice durante mi primera caída había sido lo que le había matado, y el haberme separado tanto tiempo de ellos el detonante.
Los meses tras el entierro fueron los más duros de mi vida, intentaba mantenerme fuerte y no recaer en la bebida ni huir despavorida otra vez a la isla, donde ahí sí todo tenía sentido.
Volví a trabajar unos meses en una revista de la ciudad de poco renombre como periodista cultural y vivía con mi hermana, la que me acogió con los brazos abiertos todo el tiempo que me estuve ahí.
Mamá cayó en una profunda tristeza que solo pudo superar cuando se enteró que mi hermano Lucas iba a ser papá y había decidido coger a su mujer, pedir el traslado a nuestra ciudad y estarse cerca de nosotras.
Martina llegó a nuestras vidas justo un año después de la muerte de mi padre, y fue una corriente de aire fresco para toda la familia. Era una niña risueña, de ojos verdes y pelirroja que se parecía mucho a nuestro padre.
Mi vida volvió a su cauce mientras trabajaba en la revista y publiqué mi cuarta novela, pero tras el nacimiento de mi sobrina, encontré que necesitaba más que aquella vida.
Volví a la isla, esta vez una semana, desde ahí contacté con una agencia de maternidad subrogada, que conocía tras un reportaje sobre el caso, y tenía emplazamiento en Chicago.
No podía ser madre de manera natural, tras un accidente que tuve un mes antes de mi primera caída, y fue uno de los motivos de mi depresión. Así que decidí volar a Chicago y poder hacer mi sueño realidad a través de la maternidad subrogada.
Mía nació un año después de mi primer viaje a Chicago y fue mi luz. Por ella decidí quedarme en la ciudad y retornar cada verano a aquella isla para que viviera su infancia allí, como lo hice yo.
Mi vida volvió a tener sentido tras el nacimiento de mi hija. Todos los viajes que había realizado para encontrarme habían logrado su objetivo. Esta vez sí que era yo, esta vez el retorno era por felicidad, por ella, por mi vida.

domingo, 21 de agosto de 2016

No mires atrás

Corre,
salta sobre todos los obstáculos que la vida te pone.
Corre,
con ansias,
con ganas.
con esperanza.
Corre, sobre todo con esperanza,
de encontrar un nuevo refugio,
de superar todo,
de ser feliz,
sin nada,
sin él.
Corre y aléjate
de todo lo que te daña,
te asusta,
te entorpece.
De todas las cosas que te quitan tu vitalidad
y acaban matándote.
Corre, simplemente corre lejos de todo esto pequeña.
Sé que puedes hacerlo,
sé que puedes con esto,
pero debes hacerlo lejos, hazme caso.
Corre y huye de todo.
Quizás no sea la decisión más valiente,
pero sí la más sensata.
Corre y vuelve a vivir como antes,
vuelve a sonreír y a llenar tus días de alegría.
No te conformes con una vida sin ilusiones,
gris,
sin alegría.
No te conformes con este lugar sin sentido.
Corre y lucha por lo que siempre has deseado.
No lo hagas por nadie,
más que por ti.
Corre.
Vuelve a ser tú.
vuelve a amar,
a soñar,
a reír,
a vivir.
Lejos de aquí,
del miedo,
de la incertidumbre,
de todo lo que te estaba consumiendo lentamente.
Corre.
Hazlo.
Y no mires atrás.